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martes, 31 de enero de 2012

Intelecto + afecto

Tengo la sensación de que me estoy olvidando de algo importante. Desde el comedor me llega la voz de la periodista diciendo de que estamos en crisis,  que todo va mal. Y yo tengo la sensación de que me estoy olvidando de algo importante. Claro, cómo no. Se me olvida prestar atención a lo que estoy leyendo y dejo vagar mi mente por mi infancia, por la de mis padres, por la de algunas personas que conozco y que al igual que yo, no lo tuvieron fácil. Fui una privilegiada. Los Reyes Magos me traían libros el seis de enero. Recuerdo mi primera enciclopedia de animales. Con sus láminas a color, sus fichas temáticas, y una breve descripción del habitat y forma de vida del animal en cuestión. Mi padre la encuadernó en azul, le puso tapa dura y le pintó en dorado formas pequeñitas. Nunca visité una biblioteca, en aquella época salir de casa era arriesgado. Vivíamos en una dictadura y nada era sencillo. Las bibliotecas estaban vacías de alma y de libros.
Y ahora, cuando parecía que por fin la cosa había cambiado,
resulta difícil ver que los presupuestos del estado o de las comunidades increíblemente no contemplan la posibilidad de comprar libros para las bibliotecas.
Podemos contratar un cuentacuentos, pero de libros, nada de nada. Lo que estos señores de presupuestos  no saben, es que cuando contamos un cuento, abrimos una puerta que ya no se puede cerrar: la de las emociones. Y que cuando un relato nos toca la fibra, no hay presupuesto que valga. Vamos a buscar la referencia escrita o algo parecido. Eso si quien nos ha contado, lo ha hecho bien, de lo contrario, hemos perdido un lector, por supuesto.
En épocas de crisis, se lee más y aumenta la necesidad de escuchar cuentos. No lo digo yo. Es un echo consumado. 
En países terriblemente azotados por crisis sociales como Colombia, el poder del relato es superior a lo que nos podamos imaginar. La gente se reúne a escuchar historias, leídas o contadas  porque hay algo en ellas que no pueden vetar los presupuestos, ni la guerrilla, ni las dictaduras: lazos afectivos que unen a la gente y le dan fuerzas para seguir luchando. Llaves de apertura a recuerdos que nos vuelven feroces y guerreros. Es la memoria, la memoria y la vida. 
La lectura en voz alta hace que reafirmemos nuestra autoestima, que compartamos la intimidad del ritmo de la voz que nos envuelve. Lo que la literatura nos da en tiempos de crisis es afecto, es apego, son referencias, estímulos sensoriales, alimento para la necesidad de sentirse parte de un todo. Fuerza para recordar que hay cosas y situaciones no queremos volver a recuperar nunca más.
Toca revelarnos, leer en voz alta, compartir recuerdos, atesorar pequeñas victorias, decir no quiero esto, quiero aquello otro. Toca enseñar a luchar desde la voz y la letra y eso no es patrimonio exclusivo de ninguna oficio en particular.


Que no se nos olvide nunca: el intelecto se nutre de afecto y de conocimiento, pero si no está el primero, no hay conocimiento que nos ayude a salir indemnes de ninguna crisis, de ninguna batalla, de ningún lugar. 


Parque de las Ciencias - Granada.  www.parqueciencias.com